LOS NABOS
Se cree que el nabo es oriundo de Europa, aunque también se ha propuesto como posible centro de origen Asia Central. Fue hace cuatro mil años cuando se cultivó por primera vez y posteriormente llegó a ser muy apreciado por el pueblo griego y por los romanos. Aunque lo parezca, en realidad no es un tubérculo, sino la raíz de la planta, por esa razón si son viejos, son bastante fibrosos y poco apetecibles, pero tiernos
La raíz y tallo carnosos y ocasionalmente las hojas se consumen cocidos en diferentes platos, pero también es utilizada su parte aérea como verdura, forraje y abono. No es un alimento que destaque especialmente por su contenido nutricional, por esa razón a veces es sustitutivo de la patata, en dietas, pues no contiene tantos hidratos de carbono.
Según va creciendo todo se hace comestible, del nabo sale la nabiza y de la nabiza el grelo. Es importante tener en cuenta que las hojas del nabo o grelos son más nutritivas que el propio nabo. Los grelos aportan casi el doble de proteínas y de fibra que la raíz y mucho calcio.
Respecto al contenido vitamínico, aporta una apreciable cantidad de vitamina C y de folatos, y cantidades discretas de vitaminas del grupo B (B6, B3, B1 y B2). En cuanto a su composición en minerales, el más abundante es el potasio, seguido del calcio, el fósforo y el yodo.
Suelen ser sembrados a finales del verano, se recolectan entre los 90 y los 120 días después de su siembra. Se puede decir que es una hortaliza de invierno, aunque se encuentre siempre en los mercados.
El nabo tiene un sabor parecido al del repollo crudo o el rábano, que se suaviza al cocinarlo, pudiendo hacerse unas cremas muy suaves y de gran aceptación.
Durante la Edad Media, constituyó uno de los alimentos de mayor relevancia, hasta que se vio desplazado por la patata en el siglo XVIII. Sin embargo, durante las guerras y en tiempos de hambre, su consumo aumentaba de nuevo considerablemente.
El nabo es una hortaliza respetada en bastantes países de Europa, en especial Escocia y Francia; en este último sigue siendo guarnición fina de alta cocina, como lo fue en España en algún momento.
Deben elegirse nabos de tamaño pequeño o mediano, de piel lisa, redondeados, firmes y pesados con relación a su tamaño, de color blanco a violeta. Si se compran en manojos, los cuellos deberán tener una apariencia fresca de color verde. Se aconseja no lavar los nabos hasta el momento de su consumo para evitar pérdidas nutritivas de vitaminas y minerales. También se pueden conservar congelados, siempre que se pongan a escaldar en agua hirviendo durante un par de minutos.
A continuación, recomendamos varias recetas que tienen como protagonista esta hortaliza, como el arròs al forn en fesol i nap, el cous cous de verduras, la crema de nabos, el pato con nabos o la sopa inglesa.